Querido vecino del 104, te escribo esta carta ya que tengo ciertas inquietudes respecto a tu mascota que me gustaría comentarte. Antes de ello te diré que entiendo tu amor por los animales ya que lo comparto; toda mi vida he tenido un perro o un gato a mi lado y en periodos románticos hasta una parejita de periquitos del amor. Sin embargo, nos diferencia la forma en que entendemos la responsabilidad que conlleva el tener un animal en nuestra casa. Siempre he pensado que como dueño de una mascota se tiene la obligación de cuidar que ésta no afecte en lo más mínimo la armonía de personas ajenas a ti. Por el contrario, es evidente que a ti a esta regla de buena urbanidad no le prestas mayor importancia. Esto considerando que al perico de mierda que tienes, no dentro de tu casa sino en la cochera, lo destapes a las seis de la mañana para que inicie su insoportable concierto matutino que se alarga hasta las diez con treinta. Y digo concierto como eufemismo a la repetición de frases estúpidas (quiero comer! quiero comer!, lupeee lupiiita!, entre otras) que tu esposa le enseña intensivamente todas las tardes al grado de no distinguir, durante el curso, entre el pájaro y el humano. ¿Seria mucho pedirte que metas al animal -con plumas- a tu casa y que sea desde ahí que desenvuelva su instinto, propio de la selva, a sus anchas y sin molestar a los ajenos? Ya adentro tu mujer podría incluso enseñarle la canción completa de “nadie me quiere todos me odian mejor me como un gusanito” sin despertar a los vecinos o joderles su tranquilidad.

De no tomarlo en cuenta, da por seguro que rezare a los dioses para que la gripe aviar caiga sobre tu familia.

Atte.
Tu vecino del 102.
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Esta carta fue publicada por sicapeas.


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