Cruce el estacionamiento para salir a la calle Washignton, por alguna razón minutos antes me acordé de ti, justo cuando alcanzaba la banqueta tras brincar una cadena, te vi caminando por la banqueta junto con un compañero de trabajo; inmediatamente te reconocí y esperé a que te acercaras y a dos metros te saludé diciéndote:

“Señor Gomez Junco”
te acercaste y lo que creí imposible sucedió, nos saludamos de mano, te mire de frente, con mi ojos a tus ojos tras tus lentes, te estreche la mano con fuerza y dijiste:
“Señor” pero inmediatamente de saludarme, agachaste la mirada y te retirabas sin más .
En ese momento te dije: “¿Cómo estás David?”
Dándomela espalda dijiste: “Todo bien”
Casi no reacciono al ver que te ibas, a dos pasos tuyos te dije:
“Y ¿Como han estado David?”
Tu ya ibas 4 pasos adelante, yo me había quedado parado atónito de tu fugaz huida y contestaste sin voltear la cara y moviendo tus manos a los lados:
“Todo en orden, todo bien”.
Comprendí por tu lenguaje corporal que me decías, “hasta allí, nada mas”, comprendí que me saludaste solo porque ibas acompañado y no quisiste pasar por grosero ante tu compañero de trabajo.
Comprendí que bajaste la mirada porque algo sentías de culpabilidad, comprendí que yo no me siento culpable porque yo no obre mal contra ti y pude hablarte primero, extenderte mi mano y mirarte de frente.
Ya no pude decir ni hacer nada y comencé a caminar cuando ustedes ya cruzaban la calle hacia el norte y yo cruce al poniente, no pude alcanzarte antes, no pude decirte mas, no me dejaste.

Nos fuimos por banquetas paralelas, allí, al mismo tiempo, yo apretaba un poco la mandíbula porque un sentimiento me inundaba, tenia ganas de llorar, no se porque, no pude, quise voltear, sentía tu mirada, no me dejaste decirte nada, no quisiste aclararme nada, ni recriminarme lo que supuestamente en tu mente yo pretendí alguna vez.

Y entonces recordé que hace algún tiempo le pedí a Dios que me diera la oportunidad de encontrarme contigo en la calle para poder hablar y hoy me lo había concedido. Yo nunca te busque, nunca estoy en esa banqueta, nunca vi el reloj, pero allí estuvimos, quizás tu también alguna vez le pediste a Dios encontrarme y poder descargar tu ira conmigo, por todas aquellas cosas malentendidas que creaste en tu mente, pero no actuaste, yo esperaba que al menos quisieras hablar, pero te diste cuenta que estabas equivocado y agachaste la mirada ante mi mirada sincera y de verdadero amigo, y huiste.

Hubo la oportunidad, no siento que la desperdicie, aunque no siento que fue como hubiese querido, preferiste dejarlo así, porque entonces tendrías que reconocer que estabas equivocado y que por ello, perdiste más.

Yo te libero David, Yo le pido a Don Perfecto te Bendiga y te llene de bien junto con tu esposa e hijos, que son espiritualmente mi hermana y mis sobrinos.

Ya no pediré encontrarte, ya no pediré hablarte, como te escribí alguna vez, aquí estará mi mano tendida tal cual hoy fue, sincera y verdadera, para cuando tu quieras sanar la herida.

Esta carta fue publicada por tictactoe.


Enviar a un Amigo